¿Cual puede ser la consecuencia del plan de rescate?

Entre tanta incertudumbre económica, culquiera se puede preguntar cuales pueden ser las consecuencias para los próximos años de este plan de rescate, aunque la mejor guía que pueden tener tanto el secretario del Tesoro estadounidense, Henry Paulson, y Ben S. Bernanke, presidente de la Fed, puede ser el rescate aplicado por los países escandinavos durante los años 90s.

Los intentos de Finlandia, Suecia y Noruega por salvar los bancos en dificultades a principios de los años 90 es el paralelismo más cercano a la situación actual de EEUU. El intento nórdico -similar en velocidad y alcance al que Estados Unidos está planeando ahora, aunque más pequeño en tamaño- logró acabar con la crisis financiera. Pero, al mismo tiempo, no impidió una recesión más profunda y un incremento en el desempleo en los tres países. A largo plazo hubo beneficios, pero para que empezaran a manifestarse en la economía tuvo que pasar media década.

A finales de los 80, las economías de Suecia, Finlandia y Noruega se habían recuperado porque la desregulación y los bajos tipos de interés animaron a los bancos a prestar más. Los precios del mercado finlandés de la vivienda subieron un 80% en términos reales y sus bolsas un 164% en cinco años.

Las consecuencias fueron una creciente deuda. Mientras los responsables de la política económica intentaban reducir la inflación y proteger sus tipos de cambio fijos, los bancos vieron sus balances diezmados por la morosidad, que alcanzó el 10% del PIB de la región.

La respuesta a la consiguiente crisis financiera fue “rápida y enérgica”. Suecia garantizó la deuda de los bancos contra posibles pérdidas y estableció un fondo de reestructuración de 14.000 millones de dólares para proporcionar capital a los bancos en dificultades a cambio de acciones. El Gobierno creó un “banco malo” que compró los activos problemáticos con descuento, y dejó a las instituciones financieras la gestión de sus carteras con los activos más líquidos.

Aunque las intervenciones “fueron generalizadas y al final un éxito”, no aliviaron inmediatamente las economías de lo tres países, debido a que los bancos redujeron la concesión de créditos y las empresas y consumidores gastaron menos.

El Gobierno estadounidense y la Fed fueron más rápidos en acomodar la política fiscal y en reducir los tipos de interés en cuanto afloró la crisis, algo que Noruega, Finlandia y Suecia no pudieron hacer porque tenían que mantener fijo el tipo de cambio.

Actuando rápidamente, Estados Unidos podría todavía evitar “una década perdida” con deflación, al igual que le sucedió a Japón después de que los responsables de dirigir la segunda economía mundial vacilaran en actuar ante la crisis bancaria. Estados Unidos podría incluso hacerlo mejor que Suecia, cuyo Gobierno ganó dinero cuando pudo vender más tarde lo activos.

Cuando las burbujas bursátil e inmobiliaria en Japón estallaron a principio de los años 90, se abandonó a los bancos con billones de yenes en préstamos morosos en sus libros. No fue hasta 1999 cuando Japón tomó la decisión política de utilizar el dinero de los contribuyentes para empezar a rescatar el sistema bancario.

El futuro económico global y  un posible cambio del capitalismo como lo entendemos hoy en día, dependerá en gran medida de las decisiones políticas venideras, que logren recuperar la estabilidad y la confianza en el sitema lo antes posible y con visión de futuro, tomando en cuenta la nueva realidad y las experiencias pasadas.

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